miércoles, 16 de diciembre de 2009

Mi miedo y San Patricio

No hace falta conocer el peligro para tener miedo; de hecho, los peligros desconocidos son los que inspiran más temor.

Alejandro Dumas.

Creo que nunca he sentido tanto miedo como cuando me pusieron una pistola en la cabeza. Recuero que el frío del metal en mi frente, me hizo acudir a un santo. Lo único que atiné a murmurar fue – ¡San Patricio bendito, protégeme! –

El asalto del cual fui víctima pertenece a los recuerdos que se meten en un cajón bajo llave y se dejan en el rincón del olvido, porque hay cosas del pasado que no se deben o pueden contar. La anécdota es sencilla. Un amigo y yo veníamos de Jamundí llegando a Ciudad Jardín nos sorprendió un aguacero tan fuerte que nos impedía avanzar; entonces decidimos escampar bajo un parasol. Como a los cinco minutos de estar allí, aparecieron dos hombres que también viajaban hacia Cali. Se subieron con motocicleta y todo hasta el lugar donde nosotros estábamos y sin darnos tiempo a reaccionar, – mi amigo estaba sentado en el suelo, yo estaba recostada en mi moto –. Desenfundaron dos armas y nos apuntaron a cada uno en la cabeza (aquí fue donde acudí al santo) ¡San Patricio bendito, protégeme! Luego nos ordenaron entregar todos los objetos de valor, además de la llave de la motocicleta de mi amigo, uno de los individuos trato infructuosamente de encenderla, mientras el otro nos amenazaba a los dos. “¿Qué le hiciste a la moto, perro? ¡Sino prende, les volamos la cabeza!” gritaba el tipo de afuera. Luego de un instante (eterno), nos insultaron y nos obligaron a permanecer inmóviles, hasta que arrojaron la llave lejos en un pastizal y se fueron.

Curiosamente este hecho sucedió el once de septiembre de 2001, por eso, aunque he tratado de olvidar aquel día no he podido. Las imágenes del hecho terrorista son el transfondo de mi miedo. Mi miedo (del tamaño de un elefante) invocó a San Patricio, que hasta hoy me recuerda lo irrisorio del asunto, porque la reacción es instinto, no usa la lógica ni la razón –no sé por qué acudí a un santo desconocido- pero tiempo después averigüé ¿Quién era y para qué se invocaba a San Patricio? Y me sorprendí porque, descubrí que hay más de fondo que de forma, es decir, pude comprobar que hay semejanza entre los dos, porque, en reiteradas oportunidades intentaron matarlo; sin embargo siempre logró escapar airoso de los peligros. Además, es el patrono de Irlanda, y la celebración de su día está íntimamente ligada al consumo de cerveza que a mí tanto me gusta.

Bueno contar un recuerdo que aparentemente no tiene nada de extraordinario, me sirve también para reflexionar sobre los peligros, tanto los que nos rodean a diario en la calle, como los que se refieren a las amistades y a la irresponsabilidad que a veces nos habita. Porque ¿Qué habría pasado si hubiéramos resultado heridos? Lo que quiero decir es que, muchas veces estamos en el lugar y momento equivocado, pero además acompañados de la persona menos indicada.

Daño colateral permanente


“La literatura es siempre una expedición a la verdad”.

Kafka.

No me gusta la realidad porque siempre me supera. Escribo mucho –mucho no quiere decir bien y lo hago aunque sólo sea para transgredir los límites, incluso los míos.

La literatura no siempre es beneficiosa para la salud (sobre todo la mental) porque como lo dijo Roland Barthes podemos llegar a hacernos la pregunta del loco “¿Soy?” y no la típica “¿Quién soy?” Nuestra cabeza se llena de datos, nombres, tramas, conflictos, teorías y conceptos tan nuevos y extraños que en determinado momento nos pueden causar un daño irreversible.

Si los profesores de La Escuela de Estudios Literarios son el vehículo para acceder a la literatura, todos – incluyéndome – estaríamos perdidos, o mejor jodidos.

Las categorías establecidas para proyectar o entregar el conocimiento (con respecto a Literatura) son tres a saber.

El primer grupo se encuentra conformado por los seudo intelectuales, autoproclamados y casi siempre estáticos en tanto que utilizan un discurso unívoco, el cual es pronunciado desde una pequeña cúspide del conocimiento. Un segundo grupo que se desliza sobre y desde la palabra en tabla (no de surfing), sino sobre una tabla rasa que es usada como medida (muchas veces amañada) a la hora de dar notas; para la muestra un botón los demás a la camisa; un representante del mencionado grupo dice: “Yo ejerzo el poder con la nota”. No todo es malo en La Escuela, porque en el tercer grupo (aunque reducido) sólo cuenta con dos o tres representantes que están dispuestos a seguir jugándosela toda, a favor de los futuros profesores o escritores, que es el rol específico que debemos asumir los que estudiamos literatura.

Las consecuencias de lo todo lo anterior se verán en la eternidad porque hoy es el presente. Pero queda claro también que los que estudiamos literatura, tenemos mucho por hacer (algunos todo por hacer), mucho por aprender y mucho más por leer.

La diatriba de mi visión personal frente a La Escuela de Estudios Literarios o mejor, de algunos representantes de la misma, es: desde mi perspectiva “objetiva”, aunque es muy superficial (porque hay mucha tela de donde cortar), ante todo de respeto porque tengo claro que los docentes de aquí son lo que las vacas en La India.

Bagatela de recuerdos y de búsquedas personales

“…Porque veo al final de mi rudo camino,
que yo fui el arquitecto de mi propio destino”.

Amado Nervo

Hace más de treinta años que no me confieso ante nadie – no creo en los curas, “gracias a Dios” –. Voy a referirme a mis memorias infantiles sobre religión y otras minucias, que no fueron para nada gratas en su momento, pero que al final me dejan bien librada, y como diría Hernando Téllez “…la cuestión se resuelve a favor de la tiranía de los mayores sobre los menores, de los padres sobre los hijos, de la vejez sobre la infancia”.

Recuerdo la reunión infaltable y sistemática que consistía en orar en familia porque “familia que reza unida permanece unida”, así pues el bendito rosario de las noches, en aquel pueblo donde no había energía y nos alumbrábamos con vela, además de encontrarse enclavado en un páramo donde el frío sólo nos invitaba a dormir. Todos incluidos la abuela que “comandaba el séquito”, pues era quien se sabía todas las oraciones habidas y por haber reunía al pie del altar a tíos, hijos, sobrinos y nietos, que nos veíamos forzados a repetir y repetir las mismas oraciones muchas veces. Recuerdo con ira un componente adverso que hacía parte de la enseñanza de rezos, oraciones y letanías. El ingrediente consistía en un “coscorrón” para el que fuera sorprendido jugueteando, durmiendo o riéndose en medio de un acto tan sagrado. Este, obligaba a respetar y continuar rezando, sin poder evitar las risas y muecas a que te sometían los primos a escondidas de los adultos. Tal vez, esas prácticas me obligaron a encuentros poco piadosos con la religión, o peor aún con los sacerdotes.

Hoy escribiendo y describiendo, descubro que dejé atrás muchas creencias, amores, ideas, certezas, principios, valores y formas. Me miro al espejo sin descubrir aquella mujer (niña, adolescente, adulta) que fui hasta ayer, porque hoy no soy…, estoy siendo. Decir recuerdo es decir, por supuesto, estoy grande – para no decir vieja –. También es decir que el mundo no siempre fue como es, hay que decir que las sociedades suceden en la historia, son dinámicas, cambian… siempre cambian. Pero aludir a todo esto no tiene como fin convencer a nadie – nunca me han gustado las imposiciones de ningún tipo –, simplemente quiero mostrar algunas causas de mis cambios personales frente a ideas estáticas dentro de ciertos grupos sociales y al final, también mi inconformidad frente a dichos órdenes.

Hay dentro de estos recuerdos uno que marcó mi vida de forma positiva, y es el que se refiere a mi constante búsqueda de – ese algo – que aún hoy persigo. Mi primera lectura libre y espontánea; El Principito, de Antonie de Saint-Exupéry (a los siete años, hoy creo que era un libro fuerte para mi edad porque, saber que lo esencial es invisible a los ojos, es decir que lo mas importante no se ve, sino que se siente.). No sé qué fue lo que más llamó mí atención, tal vez el lugar donde lo encontré, una maleta roja que contenía una bolsa sellada con gran cantidad de documentos, entre los que estaba el libro, o quizás fue el dibujo que tenía la pasta o más bien el título. Yo había escuchado muchas historias de princesas en las que aparecían príncipes al final cuando había que rescatarlas, o besarlas pero nunca de un príncipe chiquito que venía de otro planeta. Éste acercamiento libre a la literatura me señaló el camino, que aunque muy fragmentado (lapsos de tiempo muy amplio entre el colegio y la universidad) nunca he abandonado. Esto que he redactado es un pequeño bosquejo del proceso histórico que he tenido que vivir para acercarme cada día a la educación, – lineamientos que te marcan el camino a seguir –, hoy tengo la certeza de que no lo hice al revés, pues no hay una forma única y rígida para llegar a la meta.

También reconozco que con el tiempo dejé de sorprenderme ante la finitud de cada cosa; pero recuerdo, si “todavía recuerdo”, que cuando era una chiquilla no sabía que vivía en la historia, que aun es inconclusa y la sigo escribiendo. Por todo esto, doy gracias a Dios porque recuerdo y me gustaría recordar, claro está si Él lo permite, y además – si no padezco demencia senil o mal de Alzhéimer –, mis encuentros y desencuentros con la religión, porque para mí cualquier religión está diseñada para “controlar todo” y a todos hasta el fin de los tiempos, a partir de la idea de que nada cambia para tratar de confirmarla y mantenerla. Partiendo de mis búsquedas y el choque con esa realidad camuflada. Por eso hoy después de haber rezado tanto y de haber cumplido con varios sacramentos de la iglesia católica, no voy a misa, porque tengo una justificación perfecta ¡Prefiero la teoría de la evolución! Por lo menos para mi ha sido menos falsa y menos dolorosa.

Octubre 08 de 2009.

Perogrullada global

Al abordar el texto de Juan Villoro Iguanas y dinosaurios, entendemos de inmediato que por medio de recuerdos lejanos en el tiempo, nos relata sus años de estudiante en un colegio donde predominaba el idioma alemán, el cual subordinaba la lengua materna (español), con todos los inconvenientes que esto acarrea. Evidencia el absurdo sistema educativo de la época de los sesenta, que no permitía la construcción de identidad nacional ya que partía desde la imposición de un lenguaje ajeno y extraño.

En Europa siguen viendo a los mexicanos (suramericanos) como hace cuatrocientos años “salvajemente oriundos”, sin comprender aún, que hay evolución y avance. El autor también nos hace caer en cuanta que tomar distancia del entorno permite una nueva óptica, en la que él puede reconocer y mostrar desde su identidad lo que son y cómo son los mexicanos. Nombrando las cosas desde adentro (inmerso en su cultura) sin dejarse definir desde otros, que son distantes tanto en tiempo como en espacio.

En su segundo aparte hace referencia a la cultura desde la escritura, mostrándonos cómo a través del lenguaje se corrompen y deforman las sociedades, porque, para los europeos aún en hoy los latinoamericanos tenemos un atraso. Partiendo de una cultura centrípeta (Europa) que no ha superado barreras que nos lleven a un encuentro, sino que sigue habiendo un choque, donde no se respeta al aborigen (Mexicano) sino que se moldea a imagen y semejanza, se puede decir que la conquista se ha eternizado, desde el siglo XVI, hasta los años sesenta que es la época a la que se refiere el autor.

Por último, el escritor reserva un espacio para El imperio del tiempo donde hace claridad respecto a la lejanía entre las dos culturas, partiendo de las referencias que hacen de nosotros (América Latina) tanto en guías turísticas y medios audiovisuales, que siguen “agrandando” la brecha temporal que nos lleva a la irremediable involución; además de que “América Latina queda más lejos y llega en los cambiantes y coloridos envases de sus granos de café y sus discos de salsa” así, es como nos ven (Mexicanos) desde afuera.

El universo cambia cada instante, así pues, el comportamiento del ser humano ha sido siempre adaptable. Esa adaptabilidad depende siempre de un entorno donde predominan, no sólo la geografía, sino también otras variables como: tradiciones hegemónicas, leyes y reglas que se crean de acuerdo con la voluntad de quien detenta el poder. Por ende, hablar del texto de Villorio implica introducirse en la lógica del desarraigo inculcado desde la escuela, es comenzar un rito de iniciación profundamente relacionado con el orden mítico, que comienza desde la conciencia humana de época de conquista (América Latina) hasta llegar a las zonas de la imaginación y de la fantasía de hoy.

Pero Villoro tiene una certeza: “…la única patria verdadera se asume sin posar para la mirada ajena”. La mirada particular, que imprime en su escritura, muestra que existen en los imaginarios barreras y prejuicios, los cuales deja entre ver en sus líneas. Por eso bajo la contemplación de Villorio aparece el ser y el parecer, cruel combinación de imágenes que se reflejan y sirven para devolver al otro la imagen deforme o real que se quiere realmente mostrar.

Finalmente hay que apelar a que los análisis son un ejercicio de reflexión autónomo y personal, semejante al ejercicio cartesiano de la duda, ya que la tendencia en la actualidad nos transporta hacia una globalización del pensamiento bajo una misma motivación epistemológica. Es aquí donde la sociedad se convierte en una especie de sujeto pensante común que premia al academicismo frente al individualismo creador. Para que este individuo, desprovisto de su capacidad personal, pierda su carácter de dependencia colectiva es necesario el desarrollo y la revitalización de esta opinión en la que el comentario debe dirigirse a una reflexión más directa y no a la simple producción textual, sin pasar por alto interrogantes que nos ayuden a esclarecer ¿Cómo nos vemos nosotros, aquí y ahora?